El Ultimo Desalojo Mapuche en Villa La Angostura

Rosa Soganzo Paichil vive en el cerro Belvedere. Rodeada de arrayanes, el árbol típico de la zona de Villa Langostura, ya en extinción. Sin luz ni agua corriente, me recibe en su cocina, muy pequeña para su gusto, entre cazuelas de olores deliciosos. Camina cojeando mientras prepara mate y me cuenta que se recupera de su segunda operación de cadera y como su esposo se está quedando ciego por la diabetes. La acompaño a dar de comer a los chanchos (cerdos), las gallinas, las ocas y a su bello caballo.

Rosa vivió aquí desde siempre. Su familia se dedicó al ganado y al campo, hasta que el boom turístico llegó a la zona. Entonces decidieron ofrecer sus conocimientos del lugar a los visitantes. Ofrecían comida en la cocina de su casa al que pasaba por allí para ganar unos pesos. Así vivían hasta que de pronto, las máquinas llegaron a su territorio talando árboles y allanando terreno para construir cabañas y tirolinas. Rosa nunca vendió a nadie nada y su abuelo conscientemente tampoco. Ahora se enfrentan a juicios por la lucha del territorio.

Terminadas las tareas cotidianas, Rosa me propone visitar los territorios donde se produjo el último y mas dramático de los desalojos hace tan sólo unos meses. Subimos por la colina sorteando árboles y ramas, en medio de un silencio roto sólo por el crujir de nuestros pasos. Rosa conoce cada sendero, cada piedra, cada planta y me explica el valor medicinal de cada una. Sandro, su sobrino nos está esperando en otra parte del bosque. Nos acompaña por si hubiera problemas con el americano propietario de las tierras desalojadas. Lo encontramos hurgando entre las cenizas de la que era su casa, hasta que hace unos meses se la quemaron. Salieron a trabajar y a la vuelta encontraron sólo cenizas. Ellos insisten en que nunca hacen fuego por las mañanas sin embargo la policía no encuentra indicios de que fuera intencionado. Pero Sandro no tiene tiempo para rencores. Su casa nueva ya se levanta cerca de las cenizas y en ella, nos invita a mate.

Atravesando un estrecho sendero llegamos por fin al territorio desalojado. Su propietario es William Henry Fisher. Un loco adinerado que no atiende a razones ni a diálogo. LLegó una mañana con motosierras y un ejército de matones contratados por el mismo. En la casa, estaban una madre con su niña pequeña y una anciana inválida.

-“Pero eso poco le importaba a él que gritaba…Hay que quemarlo todo!! fuera de si”, dice Rosa, mientras gesticula imitándolo.

Hoy ya no hay rastro de los mapuches en sus tierras sólo el Rewe ( lugar sagrado de reuniones ) permanece allí haciendo imposible a la comunidad mapuche realizar sus ritos. De los demás ni rastro. Los hombres de Fisher se encargaron de romperlo todo y reducir las pocas pertenencias de esta familia a cenizas.
Desde lejos se escuchan los ladridos de los Rottweiler que al acercarnos salen enfurecidos a nuestro encuentro. Tras ellos los matones de Fisher, dos policías retirados, se echan la mano a la pistola que llevan en la cintura. La tensión se palpa en el aire…

Es hora de volver, si nos acercamos mas nos acusará de usurpación de propiedad. Ha prohibido el acceso al camino público que recorre su finca a toda persona de la comunidad mapuche.

De vuelta a casa de Rosa, me cuentan que después del desalojo, el bosque estuvo en estado de sitio durante un par de meses. Policías con rifles al acecho de cualquier mapuche que paseara por unas tierras que por derecho legítimo, les han pertenecido siempre.





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