RESCATANDO MEMORIAS EN LA ‘ESQUINA DE LA ESPERANZA’.


Entre la avenida de Billop y la calle Brighton se encuentra la ‘esquina de la esperanza’. Un lugar donde tomarse una sopa caliente, conseguir ropa de abrigo, champú y hasta un abrazo, si procede.
Cruz Roja tiene un campamento permanente, donde voluntarios llegados desde rincones todo el estado sirven comida, clasifican ropa e, incluso, llevan pedidos a domicilio para las personas que por razones físicas, no pueden acercarse hasta los puestos de ayuda.

Hace nueve días que este pequeño vecindario de Tottenville, situado al sur de Staten Island (Nueva York), sufrió el ataque sin piedad del huracán ‘Sandy’. A su paso, dejó destrucción y muerte en las zonas más cercanas a la costa. Imágenes de un mal sueño que los operarios intentan difuminar con excavadoras y mucho esfuerzo. Sin luz ni agua corriente, la ayuda exterior es vital para los vecinos.

Amanda vive a unas cuadras de la avenida de Billop, tiene 17 años y a sus espaldas dos huracanes. Tuvo suerte. Su casa permanece intacta. La mañana después de que ‘Sandy’ descargara toda su ira, salió a la calle con el susto en el cuerpo y su cámara de fotos. Quería pasear por la zona devastada. Su mirada adolescente se posó en unas imágenes que flotaban en el agua. Cuidadosamente las rescató, e hizo lo mismo con todas las que fue encontrando en su camino.

Al llegar a la ‘esquina de la esperanza’ para realizar tareas de voluntaria, las colocó en un trozo de madera con el objetivo de limpiarlas. Con el paso de los días fue recogiendo más y más. Niños jugando, bautizos, bodas, instantáneas en blanco y negro, novios, vacaciones en París…

Montañas de recuerdos que volaron a su antojo por capricho de ‘Sandy’. Los vecinos, atraídos por este mural atípico, no tardaron en acercarse y comprobaron con alegría que las fotografías de sus vidas habían sobrevivido.

Día tras día, el rincón de Amanda se convirtió en lugar de peregrinaje donde recoger memorias. Policías, operarios de las empresas de electricidad y los propios vecinos comenzaron a contribuir en este collage con las imágenes que fueron hallando.

“Cuando vi las primeras fotografías, me puse a pensar en lo que hubiera supuesto para mí perder las mías si el huracán hubiera destrozado mi casa. Por eso, decidí recogerlas y clasificarlas, para ayudar a sus dueños a encontrar estos pequeños tesoros de valor sentimental”, dice Amanda mientras limpia un portarretratos lleno de barro en el que poco a poco van apareciendo sonrisas infantiles.

A unas calles de allí, un hombre busca entre los escombros otras imágenes u objetos de valor. Es la casa de su tío. De ella sólo quedan los cimientos. Se salvó, pero al parecer sus vecinos no tuvieron la misma suerte. Al escuchar las historias que cuelgan en la esquina, salió corriendo dispuesto a encontrar las suyas.

Cuando cae la tarde lo vuelvo a ver. Lleva cientos de fotos en sus manos y algún libro.

Amanda sigue con  su laboriosa tarea. Está preocupada porque anuncian nieve para el día siguiente. No quiere que su mural se estropee.

“El huracán me ha enseñado que no podemos dar nada por sentado, que somos vulnerables y que en una noche podemos perderlo todo, incluso la vida”, sentencia.

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