BETI

Su pelo rubio, casi blanco la delatan, al igual que sus intensos ojos azules. Beti es Inglesa. Llegó  hace años a Muro de Alcoy con su hija, cuando los primeros estragos del Alzheimer acosaban su cabeza.

Beti es inquieta, nunca para. Pasea sin parar por los pasillos del centro de Día de Benicadell, buscando puertas abiertas. Cual animal encerrado, araña los cristales como si con ello consiguiera aliviar su malestar, mientras pronuncia palabras en un ingles ininteligible.

Ayer al visitar su casa, muchos de los misterios de su comportamiento tuvieron respuesta.

Beti vive en medio del monte, en una casa ecológica que se alimenta de placas solares, molinos de viento y agua de lluvia.

En ese entorno Beti se relaja. Ya no camina incesante cual pájaro enjaulado, sino que se sienta y parece comprender las conversaciones de su hija Christine, o su esposo.

Beti juega con los perros mientras fuma un cigarrillo, todavía le gusta fumar y lo hace con estilo y elegancia. Fuma sin dejar de mirar al horizonte, como buscando algo.

Christine aparece con varios porta retratos, recortes de periódico y una postal de felicitación con la cara de la mismísima Reina de Inglaterra.

En las fotos, una estilizada Beti posa con elegancia con ropa de gimnasta. Eso es lo que fue durante toda su vida. Dio clases de Fitness al mas alto nivel. Era profesora de profesores. Su tenacidad y su carácter competitivo la mantuvieron activa hasta bien entrados los 60. Beti se reconoce en las fotos, “Of couse it´s me!!” dice mirando a su esposo. Este la mira con tristeza, mientras recuerda en voz alta como fueron pareja de baile. Como participaban en concursos locales y ganaron multitud de premios. El vestía siempre pajarita blanca, y ella vestidos de lentejuelas con mil botones que el se encargaba de abrochar. Unas enormes lágrimas caen de sus ojos mientras lo cuenta, llora y ríe a la vez.

Christine la mira con nostalgia, y recuerda lo guapa que fue. “A veces se nos olvida que ellos fueron jóvenes. A veces pierdo la paciencia porque no me entiende y luego la miro y recuerdo lo que fue y no puedo dejar de sentirme mal. Sólo cuando está en el centro de día consigo relajarme, el resto del día vivo en una tensión. Si no fuera por el centro yo no se si sería capaz. Es demasiado duro…”

Se le humedecen los ojos cuando me enseña la habitación de su madre. “Mira, no tiene muebles, sólo la cama. Parece mentira con lo que ella fue… y ahora tengo que vigilarla porque no es capaz de controlar donde hace sus necesidades…”

Ajena a sus preocupaciones, Beti posa elegante para mi. El Alzheimer no ha conseguido robar su vanidad.

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